Los hijos no hacen caso

leyendo-periodicoAunque no es pródigo en dar consejos, la última vez que estuve con mi amigo Gregorio me pidió que alejara a mi hijo de dos cuestiones: “evita que sea periodista y Testigo de Jehová”. Desconozco cuál es su fobia por la secta jehovita de la que no tengo ninguna opinión (buena quiero decir) porque tuve que aguantar durante años, en el curro, a un compañero que era tan buena persona como plasta con sus creencias religiosas e invitaciones para que acudiera a alguna de la reuniones de su congregación. Por supuesto que no lo hice nunca y desistió por cansancio (el mío claro) y la amenaza de recordar ante su presencia, la letanía de tacos y jaculatorias que conocía de mis tiempos de chusquero en la mili. Todavía nos hablamos.

Sí estoy de acuerdo con mi amigo en alejar a mi hijo de la idea de que se dedique a esto que llamamos periodismo, por lo menos tal y como está el patio ahora. De hecho cuando de pequeño me preguntó por vez primera en que trabajaba, me limité a contestarle que:”en una oficina”, sin más explicaciones aunque me hubiera gustado poder decirle que era delantero centro del C.D. Tenerife o inventor de vacunas como el profesor Patarroyo.

Esta decisión va en contra de la tradición paterno-filial, aún recuerdo cuando mi padre- químico de profesión- me preguntó si quería estudiar ciencias químicas, como él, y le respondí que no , que quería ir a la facultad para estudiar periodismo. Es difícil olvidar su gesto de estupefacción y su inmediata pregunta a bocajarro: ¿Y de eso piensas vivir? Claro que la única relación con el periodismo en mi familia (varias generaciones incluidas) era cero. Tan sólo la lectura del periódico que mi padre traía a casa diariamente, costumbre que aún mantiene. Y para comprender lo que me esperaba nada como el casual encuentro con un familiar siendo estudiante de primero de periodismo que al conocer mi actividad respondió: “pues lo siento hijo, pero creo que los periodista son la hez de la sociedad”. Al menos ya sabía cuál era la apreciación que una parte de la sociedad tenía sobre los periodistas.

Aún así, seguí en mi empeño acabé la carrera y trabajé de periodista. A parte de sentir unos halagos ponzoñosos cuando respondía a qué me dedicaba,  en el desempeño del trabajo siempre me quedó una sensación que define muy bien otro colega con quien trabajé hace tiempo, Santi: “En la redacción de un periódico se aprende más de los vericuetos de la vida que en un doctorado sobre Maquiavelo”.

Si sumamos a esto la precariedad laboral existente, por no decir los miles de periodistas en paro; el estado de quiebra económica de las principales empresas del sector; el hecho de que grandes medios de comunicación estén en manos de los bancos gracias a los disparates cometidos por periodistas metidos a empresarios, y suma y sigue, comprenderán mi empeño por evitar que la saga familiar continúe. Lo malo es que lo hijos no suelen hacernos caso.

Aquí están mis periodistas preferidos: Hildy Johnson y Walter Burns

 

 

                       

 

 

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