Oriente encontró a Occidente

Eiji Oue dirigiendo a la Sinfónica de Tenerife Foto: Auditorio de Tenerife/ Miguel Barreto

-¿Es chino,no?

-Nooo, es japonés -respondí.

Quien me hacía esta pregunta era un mozalbete, compañero de asiento en el Auditorio de Tenerife, nada más aparecer en escena el director Eiji Oue que al frente de la Orquesta Sinfónica  de Tenerife se disponía a comenzar el concierto.  Bajo el epígrafe ” De Oriente a Occidente” el programa contemplaba obras de Leonard Bernstein, Jean Sibelius y Antonín Dvorák y para colmo la gran violinista Sarah Chang  era la artista invitada.  Para que el joven no me preguntara si la violinista era china le pasé el programa de mano para que echara un rápido vistazo.

El alegre y vivaz ritmo de la obertura de  Candide, una de las piezas más celebradas de Leonard Bernstein puso a tono al público gracias a la vigorosa dirección de Oue -que fue discípulo del autor de West Side Story- y de la briosa interpretación de la orquesta. El público premio la interpretación con una ovación cerrada.

Sarah Chang con la Orquesta Sinfónica de Tenerife Foto: Auditorio de Tenerife/ Miguel Barreto

Con semejante aperitivo, la siguiente parte del programa prometía. La norteamericana Sarah Chang apareció en escena con tanta elegancia como manejó su violín, interpretando junto a la orquesta el Concierto en Re menor, op.47 de Jean Sibelius, una de las obras más reconocidas del autor finlandés. Chang juega en otra liga, algo así como la NBA de la interpretación y dejó constancia de su técnica y virtuosismo. Cinco veces tuvo que salir para agradecer a la audiencia los aplausos al término del concierto y no era para menos. Si  el gran, Yehudi Menuhin la llamó “la más maravillosa, la más perfecta, la violinista más ideal que he escuchado”, no íbamos a ser nosotros quien le lleváramos la contraria.

En el descanso mi compañero de asiento me explicó que era estudiante de violín en una escuela de música de la ciudad La Garrapatea, me dijo que muchos de sus compañeros asistían al concierto para escuchar a  Sarah Chang. Me comentó que la interpretación de la violinista le pareció  “una pasada”, así que, una vez más, no tuve argumento para contradecirle.

Como colofón a la velada Eiji Oue dispuso a la Orquesta para interpretar la Sinfonía nº7 en Re menor, op. 70 del checo Antonín Dvorák, una obra muy compleja de ejecución para los músicos, pero que contaron con una dirección entusiasta y casi personal del maestro japonés.

Si calurosa fue la reacción del público al concluir el concierto, entusiasta fue la de los propios músicos con su director al culminar su trabajo. Pocas veces se da una comunión tan sincera entre director y miembros de la orquesta y el viernes quedó patente. Nosotros lo disfrutamos.

 

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Una magnífica experiencia zíngara

Quantum Ensemble en el concierto de “Zíngaros” Foto. Auditorio Tenerife/ Miguel Barreto

El hilo que enhebraba el programa que Quantum Ensemble ofreció el jueves en el  Auditorio de Tenerife era un homenaje a la música nacional popular húngara y a la música gitana, uno de los aspectos que cultivaron durante el siglo XIX grandes compositores como Franz Listz, Béla Bartók y Johannes Brahms, así que el concierto llevó por título Zíngaros.

Cristo Barrios, al clarinete; Cecilia Bercovich con la viola, Ángel Luis Quintana, violonchelo; David Ballesteros violín y Gustavo Díaz-Jerez al piano se presentaron ante el público con una propuesta de enjundia: la Rapsodia húngara nº 9 de Franz Liszt; Constrastes Sz.111 de Bèla Bartók y como colofón el Cuarteto en Sol menor nº1 de Johannes Brahams.

La obra de Liszt es evocativa, alegre, sugerente, y la versión que ofreció Quantum Ensemble con piano, violín y violonchelo fue deliciosa, así lo percibió el público que aplaudió con entusiasmo la ejecución de la obra.

Béla Bartók es harina de otro costal.  David Ballesteros comentó antes de la interpretación que la obra fue compuesta por un encargo del clarinetista norteamericano Benny Goodman, conocido como el rey del swing en la primera mitad del siglo XX. Pero no crean, la música de Bartók y de Goodman se parecen como un huevo a una castaña. El caso es que la audiencia caminó con buen pie por la obra gracias a la intensa interpretación, en esta ocasión, de David Ballesteros, Cristo Barrios y Gustavo Díaz-Jerez.

La última parte del programa nos devolvía a las melodías de Brahms en formato de quinteto con la incorporación de  Cecilia Bercovich a la viola. El aire romántico de la obra de Brahms en sus cuatro movimientos y la sentida interpretación de los músicos llevó en volandas al auditorio que agradeció con una explosiva ovación el trabajo de los artistas. Tanto fue así, que como bis ofrecieron la Danza húngara nº7 de Brahms con arreglos de Cecilia Bercovich y el público abandonó la sala consciente de haber visto otro magnífico concierto de  Quantum Ensemble. Un privilegio.

Por cierto, este concierto le hubiera encantado a Luis García Berlanga, ya que todos las obras eran de compositores nacidos en su querido Imperio Austro-Húngaro.

 

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Quantum Ensemble, un lujo al alcance de todos

Frederieke Saeijs en el concierto de Quantum Ensemble Foto. Auditorio de Tenerife/ Miguel Barreto

¿Qué hacen dos tinerfeños, un vasco y una holandesa en el Auditorio de Tenerife?, pues muy sencillo: ofrecer un concierto memorable provistos de sus instrumentos e interpretando obras de Maurice Ravel, Eugéne Ysaÿe y Töru Takemisu. ¿Cuándo?, el pasado jueves y  ¿cómo fue?, les cuento como lo vi.

Vaya por delante que  Quantum Ensemble presentó, como es habitual, una alineación  de  lujo: la violinista holandesa  Frederieke Saeijs, con un curriculum impresionante; al violonchelo el bilbaíno Asier Polo, uno de los mejores del mundo y no es una bilbainada, y los tinerfeños Cristo Barrios al clarinete y  Gustavo Díaz – Jerez  al piano, ambos de prestigio musical incontestable.

Los conciertos de la Ensemble tienen siempre un toque pedagógico y si no pudieron asistir a la conferencia previa del tinerfeño Gustavo Trujillo, profesor en el Conservatorio de Ámsterdam, los propios músicos se encargaron de ofrecer una pequeña introducción a sus interpretaciones. Frederieke Saejis nos contó que tocaba con un violín del veneciano Pietro Guarneri de casi 300 años, fabricado por la familia de luthiers que proveían, por ejemplo, al gran Niccoló Paganini.

Más que el violín nos impresionó la ejecución de la Sonata nº2 para violín solo de Eugéne Ysaÿe, violinista y compositor belga, profesor de la reina Elisabeth que da nombre a uno de los concursos más prestigiosos de Europa. Frederieke Saeijs consiguió transmitir al público la sutileza, fuerza  y variedad  de la obra de una manera magistral, virtuosa y sentida. Al acabar recibió una  larga y entusiasta ovación. No era para menos.

 

Quantum Ensemble al completo. Foto. Auditorio/ Miguel Barreto

La segunda parte del recital con la  Quantum Ensemble al completo se enfrentó al Quartrain II para violín, clarinete, violonchelo y piano de Töru Takemitsu, compositor japonés  a quien no teníamos el gusto, pero que resultó una agradable sorpresa. Su música  como su vida refleja el drama belicista de la Segunda Guerra Mundial. No es una composición fácil, requiere una disposición de escucha distinta a obras más melódicas, pero es una experiencia fascinante, guste o no. Cristo Barrios estuvo impecable, como sus tres compañeros.

Para finalizar el concierto un compositor francés con raíces vascas, Maurice Ravel, con su obra  Trío en La menor M.67 para violín, violonchelo y piano. La composición de Ravel esta trufada,  sobre todo en el primer movimiento, por melodías de su tierra natal vasco francesa, Ciboure. La interpretación del trío fue memorable. Asier Polo fundía la expresión musical  extraída de las cuerdas de su violonchelo, con la melodía del piano de Gustavo Diaz-Jerez, mientras Frederieke Saeijs aportaba brillantez con su participación en la interpretación. El público quedó sin resuello, como los músicos, pero las ovaciones y los ¡bravo! fueron sinceros y agradecidos.

Frederieke Saeijs, Gustavo Díaz-Jerz, Asier Polo y Cristo Barrios Foto. Auditorio/Miguel Barreto

Un pero al concierto y no es para los músicos ni para el programa. Quantum Ensemble ofrece delicatessen en cada una de sus actuaciones, con programas donde cabe la sorpresa sin estridencias y con músicos de primer nivel. ¿Cómo es posible que la respuesta del público sea tan rácana? Es un deber de quienes conocen a esta agrupación musical difundir sus bondades, pero uno no se explica como estudiantes y aficionados al violín, violonchelo, clarinete y piano, a la música en general, no corren a la taquilla ante semejante oferta.Y además en casa, en Tenerife.

Si  fuera a aprendiz de futbolista y jugaran en el Heliodoro Messi, Ronaldo, Maradona o Neymar iría si dudarlo. Pues eso, tomen nota y no dejen pasar la próxima oportunidad de ver la propuesta de Quantum Ensemble. Van a disfrutar.

 

 

 

 

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Don Carlo, un drama para gozar

Foto: Auditorio Tenerife/Miguel Barreto

Cuando se levantó el telón, me sentí como en casa. Fue una sensación extraña, pero lo cierto es que el gran decorado que presidía la escena, una gran corona sobre una pared de aspecto marmóreo donde estaba grabado el nombre del rey Carlos V, me resultaba familiar. Con esa sensación comenzó el sábado, en el Auditorio de Tenerife, la representación de Don Carlo, la ópera de  Giuseppe Verdi, con  la voz del gran tenor José Bros como protagonista.

Y nos fue cantando Don Carlo sus males: su amor por Isabel de Valois -excelente Yolanda Auyanet-, casada con su padre el rey Felipe II, interpretado por el bajo Ricardo Zanellato; y sus consuelos, personificados en su fiel amigo Rodrigo, Marqués de Posa, al que dio voz de barítono un magistral Simone Alberghini.

El dramón, propio de esta ópera basada en una obra de Schiller, tenía otros interesantes protagonistas como la intrigante Princesa de Éboli, interpretada por la mezzosoprano húngara Ildikó Komlósi, brillante casi siempre;  Tebaldo con la soprano rusa Nina Solodovnikova, o el Gran Inquisidor un bronceado Luis -Ottavio Faria de aspecto realmente diabólico.

Amores imposibles, intrigas palaciegas, un rey que llora con amargura su amor no correspondido, la Iglesia que regía destinos con mayor poder que el propio monarca y un Don Carlo que abraza causas perdidas y la muerte de su gran amigo Rodrigo. Un argumento digno de la leyenda negra que los enemigos del imperio español se encargaron de difundir por doquier.

Lo cierto es que Verdi con semejante historia nos regaló una ópera que lleva sobre los escenarios más de siglo y medio, y quienes estuvieron el sábado en el Auditorio de Tenerife pudieron disfrutar de la representación con una escenografía y vestuario sobrios pero efectistas y una dirección musical  exquisita a cargo de Jades Bignamini.

José Bros y Yolanda Yaunet en un momento de la representación. Foto: Auditorio Tenerife/Miguel Barreto

Sin desmerecer el nivel del elenco, Yolanda Auyanet y  Simone Alberghini estuvieron soberbios, pero para gustos los colores, ya se sabe. El público despidió al elenco con una prolongada y calurosa ovación, y nosotros nos fuimos a la cama, y digo bien porque la representación acabó las once y veinte de la noche, bastante más tarde de lo anunciado, por retrasos incomprensibles. Que no cunda por favor, o en la próxima que repartan almohadas con la entrada.

Cuando llegué a casa supe porqué me era familiar el decorado de la ópera: guardaba un gran parecido con la encimera de la cocina…  Soñé que al día siguiente, a la hora del desayuno, aparecía Isabel de Valois cantando Tu Che le vanità.

 

 

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Una orquesta a la altura de Vivaldi

En tan solo cuatro conciertos, la Orquesta Barroca de Tenerife ha conseguido una notoriedad que a otras agrupaciones musicales les llevaría mucho más tiempo. Lo demostró el jueves en la Sala de Cámara del Auditorio de Tenerife con el espléndido concierto que ofreció bajo el título “Más estaciones que Vivaldi”. El repertorio era obvio, Las cuatro cstaciones que el gran músico y sacerdote veneciano Antonio Vivaldi compuso alrededor de 1721, interpretados por la orquesta, y cinco arias a cargo del tenor  tinerfeño Agustín Prunell-Friend.

Con los primeros acordes del concierto La Primavera, el público que llenó la sala ya supo que la sonoridad de la orquesta nos iba a deparar un concierto memorable. Los doce músicos y en especial su violinista y concertino, Adrián Linares, transportaron a la audiencia al colorido y sugerente mundo que Vivaldi representó en esta obra, inspirado posiblemente en la naturaleza de Mantua (Italia), donde el compositor residía cuando compuso la obra.

Tras el primer concierto, lleno de vivacidad, el tenor Agustín Prunell- Friend dejó  bien claro con la interpretación del aria Sazierò col morir mio que iba a ser una noche redonda.A la primavera le siguió el verano, como corresponde, y dos grandes ovaciones del público que nos llevaron al descanso.

A tenor de las sonrisas desplegadas en el hall del auditorio y dado que nadie salía de la consulta del dentista, era fácil suponer que el público había disfrutado mucho con la primera parte del concierto. Wonderful! me comentaba un señor de Bristol cuando le pregunté por su opinión. En diferentes corrillos la tónica era similar: ma-ra-vi-llo-so decía una joven estudiante de Gestión Cultural, acompañada por su colegas de aula, privados por la experiencia del concierto.

La Orquesta Barroca de Tenerife en un momento de la actuación. Foto. Auditorio Tenerife/ Miguel Barreto

La segunda parte del concierto discurrió por derroteros similares. Magníficas y delicadas interpretaciones de la Orquesta Barroca, impecable Juan de la Rubia con la clave y como director; mientras el concertino conseguía transmitir su pasión por la obra con una gestualidad comedida pero intensa. La miradas  y sonrisas cómplices de los músicos ponían de manifiesto que también disfrutaban de la interpretación. Agustín Prunell bordó otras tres arias, en especial Deh ti piega,deh consenti y con la última Non tempestad che gil alberi sfronda  la ovación y los ¡bravo! inundaron la sala.

Tras el bis y con el público puesto en pie para despedir a la Orquesta  Barroca se encendieron las luces y la satisfacción y elogios recorrieron la salida del Auditorio. Uno de los presentes más felices era el director artístico de orquesta Conrado Álvarez, y no era para menos. Ha puesto el listón muy alto con esta orquesta, y por eso le deseamos suerte en próximos eventos. La próxima cita será el 10 de mayo bajo el título “Handël &friends”. Tomen nota.

 

 

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La Sinfónica de Tenerife con acento inglés.

El director británico Paul McCreesh. Foto Wikipedia.

Minutos antes del concierto, en el hall del Auditorio de Tenerife se respiraba un inusitado ambiente británico. Había motivo. La Orquesta Sinfónica de Tenerife ofrecía un concierto protagonizado por músicos de las islas,  desde el director  Paul McCreesh y el tenor debutante Stuart Jackson, hasta el programa con obras de Edward Elgar, Benjamin Britten y de Félix Mendelssohn, que si bien era alemán, gozó  en vida de gran fama y aprecio en el Reino Unido.

La colonia británica de Tenerife se movilizó para asistir al evento, y la alemana no se quedó a la zaga. Los locales, casi casi, parecía que jugábamos fuera. El caso es que el Auditorio había programado este concierto bajo el titulo Reino Unido y Europa, muy apropiadamente en estos tiempos de Brexit y desasosiego político; y que mejor que aunar lazos a través de la música. Por si fuera poco, los responsables del programa tuvieron un aliado metereológico porque la tarde fue lluviosa, desapacible y los paraguas poblaron las calles de Santa Cruz. No se podía pedir más. Si acaso un poco de smog para que la ambientación  fuera perfecta.

Sabíamos que el director Peter McCreesh es un hombre brioso, enérgico, que ya dirigió la Sinfónica hace 12 años, así que cuando comenzó la interpretación del programa con la Serenata en Mi menor para orquesta de cuerda, op.20 de Edward Elgar, la breve y bella pieza del compositor británico inundó el auditorio y fue muy  celebrada por el público.

Buen inicio, casi un aperitivo para dejar paso a una propuesta cien por cien británica: el Nocturno para tenor,op.60 de Benjamin Britten con la participación del tenor Stuart Jackson que debutaba en la plaza. La obra de Britten no es fácil, y esta compuesta por ocho piezas con poemas de John Keats, Percy Shelley y Wilfred Owen entre otros, y donde instrumentos como el fagot, el arpa, la flauta y el clarinete tienen protagonismo destacado. El tenor Jackson estuvo inmenso, bueno, es inmenso y su caja torácica y magnífica voz llevaron a  buen puerto la interpretación de la obra de Britten. El público así lo entendió con aplausos que hicieron salir  al tenor a escena repetidas veces, para agradecer la acogida.

Llegó el descanso y vimos más jarras de cerveza que en otras ocasiones.Hubo quien se entretuvo en admirar la peculiar relación que los súbditos de su majestad suelen tener a la hora combinar colores en su vestimenta, vimos hasta una corbata amarilla. Typical.

Quedaba la parte final del programa, nada más y menos que una obra de Félix Mendelssohn, en esta ocasión la Sinfonía nº3 en La menor, conocida como “Escocesa”. El director, Paul McCreesh estuvo a punto de perder su flema británica al tener que retrasar  el inicio de la obra por  la negligencia de un espectador y su aborrecible móvil. El director se giró hacia patio de butacas buscando al culpable y el propietario del artefacto salió zumbado de la sala, a una velocidad que le hubiera dado plaza olímpica en los cien metros lisos. Por lo menos.

La obra comenzaba con un  ritmo de andante con moto, y culminaba con un alegro vivacissimo, así que  Paul McCreechs  tuvo la ocasión de ofrecer una clase magistral de vigor con la batuta y de expresión corporal que resultó contagioso para la orquesta y público y resultó una gozada para la interpretación del concierto. El público premió con una prolongada ovación al director y a la Sinfónica de Tenerife para cerrar el concierto.

A la salida del Auditorio las nubes habían desaparecido, quizá como señal de esperanza que mejore la conexión entre Reino Unido y Europa en lo político; porque ayer, en lo musical, fue perfecta.

 

 

 

 

 

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Los héroes de Tombuctú

En estos tiempos de superhéroes de barro resulta reconfortante conocer a algunos que rigen sus vidas y actuaciones por conservar un legado cultural milenario, frente a la desidia de muchos, el abandono de otros e incluso el ánimo destructivo de quienes deciden que la imposición de  su ideología merece la destrucción de importantes legados culturales, incluso propios. Es el caso de Abdelkader Haidara  bibliotecario de Tombuctcú, la legendaria ciudad de Mali, y de sus habitantes convertidos en protagonistas y héroes en una aventura relatada en el libro de Joshua Hammer ” Los contrabandistas de libros y la epopeya de salvar los manuscritos de Tombuctú”.

El relato del periodista y escritor neoyorquino es una sugerente pócima de libro de viajes, aventuras, crónica de guerra por la irrupción de la franquicia local de Al Queda y la ocupación de la ciudad por un tiempo,  y de relato de intriga, mientras Haidara junto a muchos de sus habitantes, se afanaban por esconder de las manos de los fanáticos los más de 300.000 documentos manuscritos que recogían saberes cultivados por el ingenio árabe desde el siglo XIII.

No es fácil imaginar lo que tiene que suponer en una región inhóspita para el común de  los occidentales la vida cotidiana en Tombuctú, y más si  además se trata de recopilar primero el legado cultural de los manuscritos en poder de cientos de familias para preservarlos en bibliotecas, o que a mediados del 2012 los fanáticos de la saría desembarquen en la zona con la intención de dar forma a un estado regido por el fanatismo más cruel.

Las aventuras de Abdelkader Haidara y sus colaboradores atesoran un inquebrantable compromiso con la cultura, aun a riesgo de sus propias vidas, por eso el libro de Joshua Hammer nos descubre a héroes de verdad sin postureos y nos muestran algunas pinceladas del saber legendario de los árabes en materias como medicina, astronomía o arquitectura cuya huella dejaron  hace muchos siglos, por ejemplo, en lo que denominaron Al-Andalus y todavía hoy podemos disfrutar.

Como ambiente musical para la lectura alguno de los trabajos del músico maliense Alí Farka Touré, en esta ocasión junto a Ry Cooder.

 

 

 

 

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