La Sinfónica de Tenerife con acento inglés.

El director británico Paul McCreesh. Foto Wikipedia.

Minutos antes del concierto, en el hall del Auditorio de Tenerife se respiraba un inusitado ambiente británico. Había motivo. La Orquesta Sinfónica de Tenerife ofrecía un concierto protagonizado por músicos de las islas,  desde el director  Paul McCreesh y el tenor debutante Stuart Jackson, hasta el programa con obras de Edward Elgar, Benjamin Britten y de Félix Mendelssohn, que si bien era alemán, gozó  en vida de gran fama y aprecio en el Reino Unido.

La colonia británica de Tenerife se movilizó para asistir al evento, y la alemana no se quedó a la zaga. Los locales, casi casi, parecía que jugábamos fuera. El caso es que el Auditorio había programado este concierto bajo el titulo Reino Unido y Europa, muy apropiadamente en estos tiempos de Brexit y desasosiego político; y que mejor que aunar lazos a través de la música. Por si fuera poco, los responsables del programa tuvieron un aliado metereológico porque la tarde fue lluviosa, desapacible y los paraguas poblaron las calles de Santa Cruz. No se podía pedir más. Si acaso un poco de smog para que la ambientación  fuera perfecta.

Sabíamos que el director Peter McCreesh es un hombre brioso, enérgico, que ya dirigió la Sinfónica hace 12 años, así que cuando comenzó la interpretación del programa con la Serenata en Mi menor para orquesta de cuerda, op.20 de Edward Elgar, la breve y bella pieza del compositor británico inundó el auditorio y fue muy  celebrada por el público.

Buen inicio, casi un aperitivo para dejar paso a una propuesta cien por cien británica: el Nocturno para tenor,op.60 de Benjamin Britten con la participación del tenor Stuart Jackson que debutaba en la plaza. La obra de Britten no es fácil, y esta compuesta por ocho piezas con poemas de John Keats, Percy Shelley y Wilfred Owen entre otros, y donde instrumentos como el fagot, el arpa, la flauta y el clarinete tienen protagonismo destacado. El tenor estuvo inmenso, bueno, es inmenso y su caja torácica y magnífica voz llevaron a  buen puerto la interpretación de la obra de Britten. El público así lo entendió con aplausos que hicieron salir  al tenor a escena repetidas veces, para agradecer la acogida.

Llegó el descanso y vimos más jarras de cerveza que en otras ocasiones.Hubo quien se entretuvo en admirar la peculiar relación que los súbditos de su majestad suelen tener a la hora combinar colores en su vestimenta, vimos hasta una corbata amarilla. Typical.

Quedaba la parte final del programa, nada más y menos que una obra de Félix Mendelssohn, en esta ocasión la Sinfonía nº3 en La menor, conocida como “Escocesa”. El director, Paul McCreesh estuvo a punto de perder su flema británica al tener que retrasar  el inicio de la obra por  la negligencia de un espectador y su aborrecible móvil. El director se giró hacia patio de butacas buscando al culpable y el propietario del artefacto salió zumbado de la sala, a una velocidad que le hubiera dado plaza olímpica en los cien metros lisos. Por lo menos.

La obra comenzaba con un  ritmo de andante con moto, y culminaba con un alegro vivacissimo, así que  Paul McCreechs  tuvo la ocasión de ofrecer una clase magistral de vigor con la batuta y de expresión corporal que resultó contagioso para la orquesta y público y resultó una gozada para la interpretación del concierto. El público premió con una prolongada ovación al director y a la Sinfónica de Tenerife para cerrar el concierto.

A la salida del Auditorio las nubes habían desaparecido, quizá como señal de esperanza que mejore la conexión entre Reino Unido y Europa en lo político; porque ayer, en lo musical, fue perfecta.

 

 

 

 

 

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Los héroes de Tombuctú

En estos tiempos de superhéroes de barro resulta reconfortante conocer a algunos que rigen sus vidas y actuaciones por conservar un legado cultural milenario, frente a la desidia de muchos, el abandono de otros e incluso el ánimo destructivo de quienes deciden que la imposición de  su ideología merece la destrucción de importantes legados culturales, incluso propios. Es el caso de Abdelkader Haidara  bibliotecario de Tombuctcú, la legendaria ciudad de Mali, y de sus habitantes convertidos en protagonistas y héroes en una aventura relatada en el libro de Joshua Hammer ” Los contrabandistas de libros y la epopeya de salvar los manuscritos de Tombuctú”.

El relato del periodista y escritor neoyorquino es una sugerente pócima de libro de viajes, aventuras, crónica de guerra por la irrupción de la franquicia local de Al Queda y la ocupación de la ciudad por un tiempo,  y de relato de intriga, mientras Haidara junto a muchos de sus habitantes, se afanaban por esconder de las manos de los fanáticos los más de 300.000 documentos manuscritos que recogían saberes cultivados por el ingenio árabe desde el siglo XIII.

No es fácil imaginar lo que tiene que suponer en una región inhóspita para el común de  los occidentales la vida cotidiana en Tombuctú, y más si  además se trata de recopilar primero el legado cultural de los manuscritos en poder de cientos de familias para preservarlos en bibliotecas, o que a mediados del 2012 los fanáticos de la saría desembarquen en la zona con la intención de dar forma a un estado regido por el fanatismo más cruel.

Las aventuras de Abdelkader Haidara y sus colaboradores atesoran un inquebrantable compromiso con la cultura, aun a riesgo de sus propias vidas, por eso el libro de Joshua Hammer nos descubre a héroes de verdad sin postureos y nos muestran algunas pinceladas del saber legendario de los árabes en materias como medicina, astronomía o arquitectura cuya huella dejaron  hace muchos siglos, por ejemplo, en lo que denominaron Al-Andalus y todavía hoy podemos disfrutar.

Como ambiente musical para la lectura alguno de los trabajos del músico maliense Alí Farka Touré, en esta ocasión junto a Ry Cooder.

 

 

 

 

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Quantum Ensemble, una experiencia musical admirable


Los expertos en derecho saben que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento y al acabar el jueves el concierto que Quantum Ensemble ofreció el en Auditorio de Tenerife me vino esta máxima a la cabeza. ¿Cómo es posible que no tuviera conocimiento de este conjunto de música clásica- más allá de haber visto algún cartel promocional- y no tuviera la inquietud de conocer su trabajo? Imperdonable, no hay excusa.

Quienes acudieron el pasado jueves a la Sala de Cámara del Auditorio, asistieron a un concierto habitual de los que Quantum Ensemble ofrece desde su fundación, hace ya casi 5 años y que no es un concierto al uso. Su núcleo fundacional lo forman tres músicos tinerfeños excepcionales: Cristo Barrios (clarinete); David Ballesteros (violín) y Gustavo Díaz- Jerez (piano), todos con un currículo profesional que quita el hipo por lo extenso y de nivel internacional.

El programa ofrecía Cuento de hadas de Robert Schumann para clarinete, viola y piano; Hommage a Schumann de György Kutág; Naschtstück de Jórg Widmann para clarinete, violonchelo y piano y por último el Trio Op.114 de Johannes Brahms para viola, violonchelo y piano. Y en esta ocasión  Cristo Barrios y Gustavo Diaz- Jerez se hicieron acompañar por dos músicos de talento indudable: el ucraniano-británico Maxim Rysanov a la viola y el bilbaíno Asier Polo al violonchelo, que durante años acompañó al gran tenor gran canario Alfredo Kraus.

Y con estos mimbres el concierto se desarrolló con una somera explicación de cada una de las piezas a cargo de Cristo Barrios y de Gustavo Diaz-Jerez, algo infrecuente en estos acontecimiento musicales pero habitual en los de Quantum Ensemble. Así que los presentes agradecimos de corazón los apuntes. La obra de Schumann dejó al respetable sin aliento al punto que Maxim Rysnov tuvo que hacer un gesto para que el público reaccionara, con aplausos, a la excelente interpretación del trío.

Las obras menos conocidas -o desconocidas para muchos de los presentes- del programa, las de Kurtág y Widmann, sorprendieron por el poder hipnótico de su música. “Es música que atrae al público” explicaba poco antes del concierto el experto profesor Víctor Durá-Vilá. A tenor de los aplausos que recibieron los intérpretes, con un Cristo Barrios brillante y cimbreándose con su clarinete, la música atrapó sin remisión al público.

El último plato de la velada, la obra de Brahms, fue el acabose. Asier Polo recorría las cuerdas de su violonchelo a ritmo unas veces frenético y otras pausado, con una intensidad contagiosa. La viola de Maxim Rysanov engarzaba con la interpretación del trío disfrutando y haciendo disfrutar; mientras que el piano no dejaba resquicio compactando la música que escribiera Brahms es sus últimos días como compositor.

Dos veces reclamó el púbico la presencia de los interpretes al final del concierto, mientras estallaban sus manos en aplausos sinceros y emocionados. La velada lo había merecido, sin lugar a dudas.

Quantum Ensemble es para quien no los conozca una joya musical con poso canario, brazos y mente abiertos al mundo de la interpretación  y con una vocación por acercar la música clásica al público encomiable, como lo acreditan sus actuaciones, clases magistrales y colaboraciones desinteresadas de carácter social. Un orgullo para la cultura de Canarias.

No hay excusa para ignorar a este conjunto y sus conciertos que son toda una experiencia musical. Serán reos y sentenciados por perder la oportunidad de disfrutar y aprender de la música que ofrece este “Conjunto Cuántico”.

 

 


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“Sabor crítico” un ajuste de cuentas gastronómico

 

Siempre imaginé que un  afamado cocinero y escritor asesinaría en una de sus novelas a un crítico gastronómico con un sutil y potente veneno que no dejara huella. Error. Xabier Gutiérrez, responsable de I+D del restaurante Arzak, y escritor de noir gastronómico se deshace en “Sabor Critico” (Destino) de Ferni Cubillo con una ensalada pero de balazos y de postre con un tiro de gracia. No esta mal. Puede que sea el subconsciente del autor pero hay que reconocer que es una muerte cruel y rápida.

En la tercera entrega de la tetralogía protagonizada por el subcomisario de la Ertzaintza Vicente Parra, la trama gira en torno a una cuadrilla de amigos donostiarras, entre ellos Ferni, que desde edad escolar cultivan su amistad, sus citas gastronómicas en un txoko y ocultan un secreto con la firmeza de un pacto de sangre.

La muerte del crítico gastronómico es una espina clavada para Vicente Parra porque ha transcurrido un año desde que se cometiera el crimen, sin que las investigaciones dieran resultado positivo. La novela transita por parajes de Guipúzcoa y Navarra, perfectamente descritos y como en otras ocasiones por una brumosa y lluviosa San Sebastián lo que confiere un ambiente sombrío para una relato donde abundan las sorpresas y los giros en las investigaciones, como si se tratara de una viaje en la Montaña Suiza del parque de atracciones de Igueldo.

Xabier Gutiérrez concede buena parte del relato a la vida familiar del policía, a la descripción de placeres culinarios propios del escenario de la novela, y esto que a algunos lectores pueden considerar que ralentiza el ritmo de la novela, a otros nos parece una aportación deliciosa. Es decir que si estuviera leyendo el libro en Donostia, haría un parón para disfrutar de los pintxos de algunos bares descritos en la novela, o correría a una sidrería para volver a gozar de una tortilla de bacalao, un chuletón y un vaso de sidra. Debe ser la nostalgia.

“Sabor critico” es la más negra de las novelas publicadas por Xabier Gutiérrez hasta el momento y sus poco más de quinientas páginas se leen con la ansiedad de quien busca conocer la resolución del crimen principal, y de otros que también acontecen en la trama.

Además de ansiedad lectora a algunos las alusiones gastronómicas del relato nos abría el apetito, pero gracias a la ocurrencia de Xabier que regalaba en sus presentaciones de la novela una pistola de chocolate -negro, por supuesto- y elaborada por el mismo, pudimos pasar unas buenas horas con la compañía de “Sabor crítico” y con el dulzor en las papilas gustativas. Un placer inigualable.

 

 

 

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Los amores perdidos: un festín de emociones

 

En estos tiempos de tribulación social y política, donde las trincheras sustituyen a la razón y el entendimiento, conviene evadirse durante algunas horas para no ser devorado por lo más necio que muchas veces ofrece el ser humano. La literatura es una de las herramientas  que mejor combaten la estupidez  y como dice el escritor Muñoz Molina “Leer es el único acto soberano que nos queda”, así que hace unos pocos días abordé uno de los libros que más curiosidad me ha producido en los últimos meses:  Los amores perdidos (Plaza&Janés) de Miguel de León, cuya lectura había aplazado por una causa u otra para mejor ocasión y que felizmente me ha supuesto un gran goce como lector, que al fin y al cabo es lo que debe procurar la buena literatura.

Los amores perdidos es un mosaico de vidas que transcurren a lo largo de varias décadas cuyo epicentro es la localidad imaginaria de Terrero, ubicada en una isla canaria. La vida paralela y enfrentada de dos familias, los Quíner y los Bernal  conforman el ovillo de una trama de la que irán deshaciéndose hilos portadores de vidas frustradas, odios cainitas, asesinatos, amores mercenarios, caciques ambiciosos (Dolores Bernal) y venganzas, a los que se contraponen historias de personajes de decencia inquebrantable (Arturo Quíner o el médico Alfonso Santos) y conmovedoras mujeres ( María Bernal, Alejandra Minéo) que llevan el relato a un destino donde los amores perdidos se transforman en amores encontrados.

Hay en la novela de todo: amor, asesinatos, violencia sexual, tramas de investigación policial, amores no correspondidos, descripciones de lugares y ambientes donde el lector es transportado magistralmente por la sabia pluma del autor, en un relato que en su conjunto conduce a los lectores por sus casi 600 páginas como si viajara en un Rolls Royce, sin sobresaltos estilísticos y con una prosa fluida y que a buen seguro no es fruto de la casualidad, sino de un trabajo que Miguel de León ha pulido durante años.

Miguel de León es un hombre curtido que peina canas, nacido en La Laguna (Tenerife) hace casi 60 años, y ha tenido la osadía de escribir su primera novela para verla publicada por una gran editorial.El pasado año fue una de las más vendidas en España. Los amores perdidos merece tener una prolongada vida literaria por su trama, personajes y estilo      (e incluso uno se imagina esta historia llevada a la pequeña pantalla). Ahora Miguel de León tiene un reto importante: regalarnos una nueva novela con la calidad que ha acreditado en su debut. Hasta entonces podemos disfrutar de Los amores perdidos, un ejercicio que procura satisfacción, emoción y placer en definitiva. Debería venderse también en las farmacias.

 

 

 

 

 

 

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Se puede comprar una emoción

La primera vez que oí nombrar al grupo Steely Dan fue a mediados de los 70 en una tienda de discos de Bilbao ubicada en la calle Gordóniz -creo recordar- y cuyos responsables no se habían devanado la sesera, porque el nombre del local era “La Tienda”. En aquellos tiempos comprar un disco, un LP como decíamos, tenía su liturgia. Primero había que reunir las 300 o 400 pesetas que costaba el disco, cantidad que para un estudiante no era nada despreciable. Luego venía lo peor: elegir entre la oferta musical, había que desechar muchas opciones por apetecibles que fueran y quedarse con un sólo ejemplar. ¡Qué dilema!

Menos mal que entonces adquirir un disco tenía todo un ritual, al menos en mi caso. Podías pasaste un buen tiempo mirando los LP´s y además podías pedir que te los pusieran un rato para ver que tal sonaba el último de  Pink Floyd, Rolling Stones, Frank Zappa, Miles Davis, o Serrat si era el caso. Si no abusabas y el humor del vendedor era razonable podías pasar media tarde hasta comprar tu disco o no, y volvías unos días más tarde después de mucho pensártelo.

El caso es que estaba en una de esas, es decir en “La Tienda” y pensando que LP compraba con el dinero que me quemaba ya en el bolsillo, cuando entró en el establecimiento un joven con posibles (mayor que yo y con pinta de tener pasta) y preguntó ansioso al dueño del establecimiento si le había traído los discos de Steely Dan que  había encargado. Yo entendí Steeley Span, que era lo único que me sonaba, un grupo de folk rock británico que no eran precisamente plato de mi gusto. Con los discos en la mano “Can´t buy  thrill”   y  “Countdown to Ecstasy” el afortunado comprador me miró y dijo “es lo mejor que he escuchado en años” y se fue por la puerta más feliz que unas pascuas.

El caso es que me quedé mosqueado y pregunté al dueño de la tienda por esos ” Steely Dan” de los que no había oído hablar en mi vida y para sacarme de  dudas colocó en el plato del tocadiscos un ejemplar del “Can´t Buy a thrill” (No se puede comprar una emoción). Al escuchar el primero de los cortes, la canción ” Do It again”  quedé estupefacto. Y aún sigo, claro. Tras escuchar el LP casi entero, lo compré  y aún lo tengo, como toda la discográfía del grupo que formaron Walter Becker y Donald Fagen.

Aquello sonaba distinto a todo los grupos de rock que había escuchado, no había solos de guitarra aguerridos, ni de batería, ni voces espectaculares. Era una música compacta, brillante, donde todos los instrumentos estaban perfectamente ensamblados, sonaban sencillamente distintos. La portada me pareció horrible – me lo sigue pareciendo- pero la música, era indescriptiblemente bella.

Allí comenzó mi idilio con este par de frikies a los que no he dejado de escuchar y recomendar durante casi cuarenta años. Cada vez que adquiría uno de sus discos era una fiesta y por supuesto los escuchaba  una y otra vez, apreciando matices, y su sonido que era una mezcla de pop, rock con toques de jazz y soul o música latina.

A lo largo de los años han sido muchos los grupos y cantantes que en mi discoteca han quedado relegados, bien por cansancio o por estilos que me dejaban frío con el paso del tiempo, pero estos tipos han mantenido siempre un lugar preferente en mis ratos dedicados a la música.

A pesar del tiempo transcurrido recuerdo donde compré sus discos, cuales me gustaron más o menos, o el disgusto cuando anunciaron su separación a comienzo de los años 80. Menos mal que tuvieron el buen gusto de volver a grabar y regresar a los escenarios a principios de los 90. Y menos mal que, mientras tanto, Donal Fagen grabó algunos discos memorables como   The Nigthlfy o Kamakiriad.

Me  entristece mucho la  repentina muerte de Walter Becker, el pasado día 3 de septiembre y lo siento también porque siempre soñé que algún día se dejarían caer por España y podría asistir a uno de sus conciertos, pero no va a ser posible. Donald Fagen ha comentado que seguirá con el legado de su amigo y colega musical y continuará con la banda.

Me consuelo escuchando algunas joyas de su discografía, canciones como “Deacon Blues”, “Kid Charlemagne”, “Hey Nineteen”, “Peg”, “Josie”, Rikkie don´t lose that number”,” Only a fool would say that” y tantas otras.

Gracias por tanta música Mr. Walter Becker.

 

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El fantástico debut de Izaro en Tenerife

Al finalizar el concierto, la cantante vasca Izaro se mostraba contenta y  gratamente sorprendida por la respuesta del público que se dio cita anoche en el Café Teatro Rayuela de Santa Cruz de Tenerife. Esta joven cantante de apenas 23 años y su excelente grupo debutaban en tierras canarias y resolvieron la papeleta con una actuación sobresaliente, donde interpretaron al completo las trece canciones de su primer disco que lleva por título om.

Izaro Andrés Zelaieta (Mallabia, Vizcaya, 1995) canta y compone en tres idiomas: su euskera nativo, en castellano y también en inglés y así quedó reflejado anoche con la interpretación de temas como Paradise, Honey, la maravillosa Noviembre, Astelehenak, Argia o Zingirak, con la que cerró el concierto.

¿Y como canta Izaro? Con el corazón, y una voz propia que recuerda esbozos de Norah Jones y de Adele, dos de sus confesadas influencias. Dice Izaro que compone y canta porque no sabe llorar, ni el público ni en privado, pero sus canciones reflejan amores, desamores e historias que interpreta a veces en un tono intimista que enamora y otras con un tono desenfadado y jovial que en cualquier caso alcanza al público que acude a sus conciertos, como ocurrió anoche en el Café Teatro Rayuela.

Izaro esta acompañada por tres músicos excelentes: Oriol Flores (batería y percusión), Iker Lauroba (guitarra, teclados y lo que le echen) y Ane Bastida (bajo y voces). Ya han recorrido escenarios de Zaragoza, Madrid, o Barcelona, en esta gira de presentación del disco. Esta noche estarán en el Café Quilombo de La Orotava y pronto en Sevilla y Granada, así que tomen nota y no dejen de disfrutar de la música y canciones de esta joven cantautora que desgrana historias con sentimiento y corazón. Aunque no sepa llorar.

Aquí les dejamos con uno de sus temas.

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