Alexis Ravelo,un paseo por el amor y la muerte en La Palma

alexisSin aliento. Así recorre el lector las poco más de 300 páginas de la nueva novela del escritor gran canario Alexis Ravelo que lleva por título Los milagros prohibidos y publica ediciones Siruela.

El estallido de la Guerra Civil Española provocó además de una subversión del orden democrático legalmente establecido, que las más bajas pasiones dieran rienda suelta agazapadas bajo la presunta defensa de valores de uno u otro bando. La  historia que cuenta Alexis Ravelo es algo más pero la trama narra la persecución inmisericorde de un fascista, Floro el Hurón, para dar caza a un hombre de bien, el maestro Agustín  Santos, fiel a la República, de cuya mujer, Emilia, estuvo enamorado pero fue rechazado.

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El Paso, La Palma

La isla bonita, La Palma, se convierte en el relato  de Ravelo en el escenario del drama, de norte a sur y de este a oeste, con sus barrancos, cuevas, la caldera de Taburiente, la espesura de sus bosques y su flora, con unas descripciones propias de quien conoce bien el lugar donde se sitúan hechos. Apenas un puñado de protagonistas recorren la novela, pero Ravelo construye unos personajes tan verosímiles que es bueno que al final del libro advierta que los protagonistas no están basados en personajes reales. Lo parece, porque en realidad el autor se inspiró en lo sucedido durante la Semana Roja de La Palma, nada más producirse el golpe de estado del general Franco.

Si abordan Los milagros prohibidos van a disfrutar de una vertiginosa  historia donde el amor, la lealtad, la traición y la violencia se funden en un paisaje que tuvo a Los Alzados de La Palma como protagonistas de un episodio histórico que no debemos olvidar. La novela de Alexis Ravelo quedará, también, como uno de los hitos de este homenaje. Es lo que tiene la buena literatura.

 

 

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Antes de “Patria” de Aramburu y “La carta” de Guerra Garrido

9788490663196Me comentaba hace poco el hijo de una víctima de ETA  que había comprado la novela “Patria” de Fernando Aramburu, pero que no la había abierto, “me da mucha pereza meterme en historias de ETA” dijo un tanto apesadumbrado. Le comenté que curiosamente a mi me ocurría la mismo. Tengo la novela desde hace un mes sobre mi mesa, pero me produce cierto vértigo revivir, aunque sea de forma novelada, historias que me suenan demasiado.  Y que conste que Fernando Aramburu no me es extraño, he leído varias de  sus obras, salvo las que tienen al terrorismo por tema central. Me gustaron mucho “Las letras entornadas” y “Ávidas pretensiones”.

Hace años, en la librería Lagun de San Sebastián, a quienes  los amigos de las pistolas dedicaron tiempo y saña en convertirla en un referente de resistencia civil y cultural a la intolerancia más execrable, el escritor Raúl Guerra Garrido que sabe muy bien qué es vivir muchos años con escolta, me regaló uno de sus libros “La carta” del que apenas pude leer las dos primeras páginas. Tenía, por desgracia, de sobra con los secuestros, atentados y extorsiones reales de la banda terrorista, de los que tenía que informar a diario.

Supuse que la distancia física de los escenarios de la violencia terrorista me facilitaría poder echar una mirada más relajada a sucesos, situaciones y personas con las que tuve que convivir, pero lo cierto es que la memoria, que habitualmente es generosa para dejar de recordar lo desagradable de la vida, resulta demasiado reiterativa a la hora de repasar unas vivencias que marcaron a quienes vivieron en el Pais Vasco y en el resto de España la locura asesina de ETA.

9788420661179Probablemente, si preguntas a los jóvenes de este país  sobre el terrorismo te hablen del ISIS, y ETA les sonará a algo lejano, aunque pisen las calles que hasta no hace mucho fueron escenario de tragedias, con nombres y apellidos. Por eso es bueno que se construya un relato veraz y se publiquen novelas donde se deje constancia de lo sucedido, no vaya a ser que la historia se repita de una forma u otra. Fernando Aramburu narra sus historias con conocimiento de causa, desde la distancia física que supone residir desde hace décadas en Alemania. Raúl Guerra Garrido lo hace desde dentro, pateando las calles de la ciudad (San Sebastián) donde ha participado de la rebelión cívica y pacífica contra la violencia asesina.

Tengo deudas con ambos escritores, y las deudas se pagan… en este caso con la lectura.

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Fernando Múgica Herzog, ni olvido ni perdón

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Fernando Múgica Herzog. Foto PSE Gipuzcoa.

Dicen que la distancia es el olvido y creo que no es cierto. Hace muchos años, 21 en concreto, y a más de dos mil kilómetros de donde escribo estas líneas recuerdo con tristeza el asesinato del socialista Fernando Múgica Herzog, a manos de pistoleros de ETA. Hay episodios que no gusta recordar, testimonios que jamás le contaría a un hijo, pero tampoco es bueno hurtar la memoria de unos hechos que durante casi medio siglo azotaron a ciudadanos de este país, aunque ahora quieran parecer lejanos. Siempre me he resistido a contar episodios de lo que vi durante años en Euskadi. Demasiado dolor para ser expuesto y las víctimas eran otros, aunque en muchos casos los conocía, había charlado con ellos, tomado café, entrevistado y sentido siempre una gran admiración por su coraje cívico y político frente a la amenaza real de los terroristas. Confieso que mi colega Enrique Rodríguez Coello es el culpable de que por una vez me decida a contar algunos de los episodios vividos.

A Fernando Múgica Herzog lo conocí a finales de los años 80 cuando llegué a la capital guipuzcoana para trabajar en la redacción de informativos de  Radio San Sebastián de la Cadena SER. Fernando era un hombre corpulento, de humor socarrón y carácter abierto, algo no muy habitual entre los vascos. Tenía su despacho profesional de abogado cerca de la sede del PSE-PSOE, partido en el que militaba al igual que su hermano mayor Enrique que fue ministro de Justicia en uno de los gobiernos de Felipe González y junto a la catedral del Buen Pastor, en el centro de la ciudad. A escasos metros de donde fue asesinado.

Fernando Múgica era un peso pesado en el socialismo vasco aunque nunca ostentó cargos de gran relevancia, vivía de su despacho profesional y muchas veces nos encontrábamos en la antigua sede del Palacio de Justicia de la capital donostiarra, en la calle San Martín, la misma donde cayó asesinado un 6 de febrero de 1996 con un tiro en la nuca.

Recuerdo de aquel día que llovía, hacía frío y que en la calle un amigo me advirtió: “han disparado a Múgica cerca del Buen Pastor”. De inmediato pensé en el ex ministro Enrique que tenía anunciada una conferencia para esas fechas. Pero no, la víctima fue  su hermano Fernando, Poto, como le llamaban sus allegados.

En el lugar del atentado se encontraba ya una ambulancia de la DYA y los servicios de asistencia trataban de reanimar al abogado que permanecía sobre la acera de la calle. Su hijo Jose María, que acababa de salir del despacho junto a su padre escuchó la detonación y al levantar la cabeza se encaró a los terroristas, uno de ellos le encañonó. Mientras la Ertzaintza acordonaba el lugar, llegó su hijo Rubén que loco de dolor gritaba ¡asesinos!, ¡asesinos! Isabel, la esposa de Jose María, lloraba sin consuelo y el entonces alcalde de San Sebastian, Odón Elorza, daba patadas al bordillo de la acera lleno de rabia y frustración. Fuero minutos  interminables.

Recuerdo la cara lívida del propietario de un comercio situado a pocos metros del lugar del atentado que se acercó y me dijo, ¡los he visto, los he visto! refiriéndose a los terroristas. Le dije que llamara a la policía, me miró estupefacto y agachó la cabeza. Poco después supe que ese hombre había sufrido, años atrás, un atentado de ETA en su local del barrio  donostiarra de Gros. El miedo era el caldo de cultivo que la banda terrorista había sembrado con gran éxito en la sociedad y donde se movía como pez en el agua. Fernando Múgica, de 62 años, falleció minutos después en la Hospital de Gipuzkoa, el tiro en la nuca que le propinó Francisco Javier Garcia Gaztelu, Txapote, fue letal.

No recuerdo que conté en la narración del atentado, pero sí que cuando regresé a la radio alguien me dijo que la esposa de Múgica, Mapi Heras, se enteró del atentado por un emisora de radio cuando volvía en coche desde Vitoria. No dije nada pero rogué a los dioses que no hubiera sido por mi relato. Tuve suerte.

Algunos fines de semana me preparo un Negroni de aperitivo y  siempre tengo un recuerdo para Fernando Múgica porque fue quien me enseñó esta bebida que hasta entonces,  solo conocía literariamente gracias a las memorias del cineasta Luis Buñuel.

Y siempre rememoro a Fernando socarrón, dándome leña por las cosas que contábamos en la SER y no le gustaban (lo de Txiki Benegas y su conversación sobre Felipe González al que llama “Dios” y “One” , por ejemplo) pero siempre acababa con un frase ingeniosa que dejaba las cosas en su sitio, como la estrella de David que colgaba de su cuello y el recuerdo de parte de su familia que acabó en los campos de concentración nazi.

Estoy seguro  de que hoy Fernando sería feliz con el final del terrorismo, aunque ETA robó a  los suyos del goce de un amigo, padre, esposo y abuelo. Ni olvido ni perdono, dijo su hermano Enrique Múgica Herzog en el funeral.

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Polifemo y la mujer barbuda

¿El título es una coña no?, me preguntó la librera a quien había solicitado un ejemplar de Polifemo y la mujer barbuda de Natalia Fernandez Díaz- Cabal. Antes de que pudiera responder me dio el ejemplar y solo se me ocurrió contestar que me temía que en el libro habría poco humor y mucho de una historia personal, dura, relacionada con el cáncer. En algo erré, la historia-ensayo que cuenta la escritora esta plagada de sentido del humor que como dice la autora es una suma de inteligencia y sensibilidad.

Me veo incapacitado a la hora de ponerme en la piel de un enfermo de cáncer, entre otras cosas porque sólo pronunciar el término me produce zozobra. “Nos empeñamos en ver que el cáncer le sucede a los demás”, cuenta Natalia y es verdad, nos da pánico pensar que podamos padecerlo. Por eso mismo el valor de la narración recogida en el libro tiene, al menos para mí, un valor admirable.

 

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Natalia Fernández Diaz-Cabal se atreve a contar como le diagnostican hace pocos años un cáncer muy poco frecuente, un sarcoma fibromixoide, y a pesar del shock y de la vivencia con la enfermedad decide compartir en el libro sus experiencias y reflexionar en voz alta sobre los procesos personales que conlleva vivir con un huésped tan indeseado. Nos habla de las reacciones sociales que provoca en el enfermo: “El silencio de quienes tantas ganas tenían de saber de ti pero que luego se diluyen en una pantalla del teléfono…”, de la estigmatización, de la crueldad de las empresas con quien padece la enfermedad, en definitiva el miedo a los cancerosos.

Pero no crean que Polifemo y la mujer barbuda es un ajuste de cuentas, o un libro para dar pena o mover a la compasión. Natalia ha convertido su enfermedad en un relato trufado de humor donde se cuentan vivencias muy serias, donde el dolor, la enfermedad y la perplejidad, incluso de los médicos, esta presente y donde la escritora da un ejemplo de valor y vida que desarbola. Y todo ello sin heroismos.

Conviene leer el libro no solo por lo que aporta de experiencia personal, por lo datos  históricos de una enfermedad ligada al ser humano desde el principio su existencia, por la bibliografía. Es necesario, sobre todo, para quienes conocemos a enfermos y no sabemos como abordarlos, atenazados por nuestros propios miedos, y también por si alguna vez nos topamos con un diagnóstico que nos lleve al oncólogo.

 

 

 

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Pedro Rodríguez y Sergio Rodríguez: los campeones tinerfeños

Los dos se apellidan Rodríguez, nacieron en Tenerife y el deporte les ha llevado a la fama internacional y lo que es más difícil a un reconocimiento sin fisuras de sus paisanos, que en este país no es cosa menor.

Pedro Rodríguez Ledesma, Pedrito, aunque a uno le parecería más acertado llamarle Don Pedro, juega al fútbol, y tiene un palmares que quita el hipo: campeón del Mundo y de Europa con la selección española, amén de varias Ligas de Campeones, de España, Copas de Rey y un  largo etcétera.

Su paisano Sergio Rodríguez, Chacho, es uno delos mejores bases del baloncesto que uno recuerda y también es Campeón del Mundo, de varias Ligas españolas y atesora varios años como jugador de la NBA, ahora por cierto esta con los Philadelphia 76. Casi nada.

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Manoj Daswani, autor de Campeones de todo

El caso es que otro tinerfeño, Manoj Daswani, periodista para más señas y con más ilusión por su profesión y por los mencionados deportistas que uno pueda recordar, tuvo la buena idea de escribir un libro sobre estos dos ases del deporte, para dar a conocer un poco más su trayectoria profesional y personal. El volumen lleva por título Campeones de todo y es una delicia, por su contenido, la forma de narrarlo y porque además la recaudación del libro irá a parar a los proyectos benéficos que patrocinan tanto Pedro como Sergio.

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Presentación de Campeones de todo en el Cabildo de Tenerife

En apenas 170 páginas, Campeones de todo nos cuenta como fueron los primeros años de ambos, los esfuerzos que tuvieron que hacer- junto a su familias- para ir alcanzando el sueño de ser  los grandes deportistas que ahora nadie discute. A lo largo del relato nos damos cuenta además que tanto Pedro como Sergio no defraudan, son gente sencilla a quienes la fama no ha desnortado y que a pesar de vivir lejos de su Isla su corazón es tinerfeño. Disfruten del libro. Merece la pena. ¡Y enhorabuena Manoj!

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*Sobredosis de amor

Piedra Jurada es un vino blanco seco criado sobre lías de la variedad Albillo Criollo plantada en parcelas de una pequeña bodega familiar en La Palma, llamada S.A.T.Bodegas Perdomo.

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Foto : Tato Gonçalves

Con las viñas propias en altura, situadas a unos 1.200 metros sobre el nivel del mar, donde las uvas maduran lentamente por encima del océano de nubes, cerca de los dioses.
Un vino sin maquillaje, irresistible como un pecado terrenal, recuerda palabras de aquel “selfmademan” que me parecen dulces como la miel, despierta recuerdos sagrados que guardamos dentro del corazón, como de aquel día de albaricoques recién cogidos del árbol bajo el monte de Ararat.
Para mi un buen vino es aquel que te lleva a la tierra que nace, el que te hace conectar con el espíritu de la bodega, el que te cuenta despacito, al oído, lo que es. Piedra Jurada lo consigue, me traslada a mi Isla Bonita, me entrega una sobredosis de amor.
Al probar sientes el cielo lleno de estrellas, aquel cielo que dormita tus sentidos. Percibes en la lengua la tierra rojiza ácida y arcillosa donde engendra albillo criollo rodeado de pinos, manzanos.

El vino te hace oir el silencio de la espera, sin miramientos, sin prisas. Te dejas llevar por almendrados de la isla, por aquellos largos paseos despreocupados entre las viñas con duendes, donde una brisa humedece y acaricia la piel, la tuya y la de las uvas, donde parece que todo se detiene. Con pequeños sorbos que pellizcan y que hace renacer esa pasión con la que todo es posible.

Piedra Jurada blanco 2015

Cata

Piedra Jurada sobre lías, añada 2015 Vendimia Seleccionada
D.O.La Palma / Villa Garafia
100% albillo criollo
Graduación alcohólica : 13% vol.
Es un vino sincero, no hace falta examinar sus bondades, al servir se entrega y te engancha atreviéndose con todo.
Grandioso, hace suspirar, quitarse los zapatos. Expresivo, con carácter de la joven enóloga Patricia Perdomo Hernández, se siente esa energía poderosa al probar. En la siguiente cata de su vino tinto de vendimia seleccionada les contaré más sobre ella.
De bello color dorado con miles de destellos de oro blanco, su belleza es sólida, densa, parece una exuberante mujer con un kimono de seda, con un perfume intenso que azota al principio te nubla la mente pero se vuelve eterno…. inolvidable.

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Viñedos Bodegas Perdomo

Con notas de cáscara de bergamota, limones caramelizados, con un punto de jengibre, laurel y nuez moscada, una pizca de eucalipto, hierbas frescas del monte con un toque de pimienta blanca y si sabe esos huesos al morder jugosos albaricoques maduros, al tragar un deje a aceitunas de kalamata pero con una frescura deliciosa. Cada sorbo más pleno que el primero se crece, untuoso, contundente en la boca y nunca termina.  Una sobredosis de pasión deslizándose por las papilas que podría sorprender en muchos maridajes.
Me viene a la cabeza para disfrutarlo  con un tajine de pollo, con limón y aceitunas servido en una cazuela redonda de barro con una tapa cónica que todos pensamos que es decorativa pero tiene otra función. Esta cazuela permite mantener el guiso jugoso y sabroso que con Piedra Jurada nos pone los ojos en blanco.
Y sin falta, algunos postres dignos de los sultanes, esas baklavas para terminar de deleitarse en la mesa.

¡Dios, esto es un orgasmo gastronómico, esto es pura vida!

*Por Rasa Strankauskaite

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La cocina canaria y su memoria

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Francisco Belín, barbudo y feliz con su nuevo libro

Mas feliz que una perdiz estaba el colega Francisco Belín contemplando en la tarde ayer el concurrido salón de actos de la sede de la ONCE en Santa Cruz de Tenerife. Tenía motivos para ello porque el reconocido periodista gastronómico presentaba su libro “Recetas antiguas de Canarias”, un elaborado compendio de cerca de 60 fórmulas culinarias que bucean en la historia de los fogones del Archipiélago. El volumen de la editorial Kinnamon, es breve a pesar de su amplio contenido y esta escrito con la soltura acreditada por el periodista tinerfeño.

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¿Y que vamos a encontrar en el libro? Pues una buena muestra de parte del quehacer culinario de nuestros antepasados, recetas que evocan tiempos  donde el ingenio con unos pocos productos conseguía alimentar a una población que ejercía trabajos duros y que exigía platos contundentes, sabrosos, de cuchara, llenos eso sí de amor y buen hacer.

No es habitual ver recetas como las recogidas en el libro en las cartas de los restaurantes canarios, pero no crean que todo esta perdido. La recopilación que hace Francisco Belín nos trae sabrosas carajacas, el escacho palmero, los mejillones clavados, tortitas de pescado, la cazuela de morena, el potaje de pantanas, el turre de trigo, el champurrino, el beletén, y tantas otras. Sólo los nombres de las recetas evocan a la cultura guanche, aderezada con lo traído del otro lado del Atlántico e incluso del vecino contiene africano.

El libro tiene varias aplicaciones, a saber: dedicar un fin de semana a realizar un par de sus recetas para saborearlas con la familia o amigos y recordar los guisos de las abuelas; cabe también la posibilidad de disfrutarlo como un libro de cultura popular, o bien regalarlo a nuestros chef favoritos para que incluyan al menos un par de sus contenidos en las cartas tan modernas con que a veces nos castigan los restaurantes bajo el epígrafe de “cocina canaria”.

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Francisco Belín, Jose Luis Zubieta (Edit.Kinnamon), Andrés Guillén (ONCE) y Jose Luis Conde (DA) en la presentación del libro

La  historia de un pueblo esta también recogida en sus cocinas, así que ya saben. Disfruten con las “Recetas antiguas Canarias”.

 

 

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