Don Carlo, un drama para gozar

Foto: Auditorio Tenerife/Miguel Barreto

Cuando se levantó el telón, me sentí como en casa. Fue una sensación extraña, pero lo cierto es que el gran decorado que presidía la escena, una gran corona sobre una pared de aspecto marmóreo donde estaba grabado el nombre del rey Carlos V, me resultaba familiar. Con esa sensación comenzó el sábado, en el Auditorio de Tenerife, la representación de Don Carlo, la ópera de  Giuseppe Verdi, con  la voz del gran tenor José Bros como protagonista.

Y nos fue cantando Don Carlo sus males: su amor por Isabel de Valois -excelente Yolanda Auyanet-, casada con su padre el rey Felipe II, interpretado por el bajo Ricardo Zanellato; y sus consuelos, personificados en su fiel amigo Rodrigo, Marqués de Posa, al que dio voz de barítono un magistral Simone Alberghini.

El dramón, propio de esta ópera basada en una obra de Schiller, tenía otros interesantes protagonistas como la intrigante Princesa de Éboli, interpretada por la mezzosoprano húngara Ildikó Komlósi, brillante casi siempre;  Tebaldo con la soprano rusa Nina Solodovnikova, o el Gran Inquisidor un bronceado Luis -Ottavio Faria de aspecto realmente diabólico.

Amores imposibles, intrigas palaciegas, un rey que llora con amargura su amor no correspondido, la Iglesia que regía destinos con mayor poder que el propio monarca y un Don Carlo que abraza causas perdidas y la muerte de su gran amigo Rodrigo. Un argumento digno de la leyenda negra que los enemigos del imperio español se encargaron de difundir por doquier.

Lo cierto es que Verdi con semejante historia nos regaló una ópera que lleva sobre los escenarios más de siglo y medio, y quienes estuvieron el sábado en el Auditorio de Tenerife pudieron disfrutar de la representación con una escenografía y vestuario sobrios pero efectistas y una dirección musical  exquisita a cargo de Jades Bignamini.

José Bros y Yolanda Yaunet en un momento de la representación. Foto: Auditorio Tenerife/Miguel Barreto

Sin desmerecer el nivel del elenco, Yolanda Auyanet y  Simone Alberghini estuvieron soberbios, pero para gustos los colores, ya se sabe. El público despidió a los intérpretes con una prolongada y calurosa ovación, y nosotros nos fuimos a la cama, y digo bien porque la representación acabó las once y veinte de la noche, bastante más tarde de lo anunciado, por retrasos incomprensibles. Que no cunda por favor, o en la próxima que repartan almohadas con la entrada.

Cuando llegué a casa supe porqué me era familiar el decorado de la ópera: guardaba un gran parecido con la encimera de la cocina…  Soñé que al día siguiente, a la hora del desayuno, aparecía Isabel de Valois cantando Tu Che le vanità.

 

 

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